Magdala, orilla occidental del mar de Galilea. Muchos años después de la Pascua en que lo mataron.
La mujer esperó a que el pueblo se durmiera.
Luego cerró la puerta, encendió una sola lámpara y la dejó en el suelo, para que la luz no se viera desde la calle. Tenía las manos de una mujer que ya no era joven, manchadas por el sol del lago y por los años de llevar cuentas a la luz de las brasas. Le temblaban. No de frío.
Apartó la estera. Debajo estaba la losa que había hecho levantar el invierno anterior, con la excusa de una gotera, y debajo de la losa, el hueco que un cantero había excavado en la roca sin preguntar para qué.
Los rollos estaban en un arcón de cedro, envueltos en lino. Seis. Los sacó uno a uno y los fue colocando en la vasija, de pie, con el cuidado con que se acuesta a un niño. Cinco estaban bien enrollados, con el principio por fuera, como deben guardarse los libros. El último no. El último lo había terminado ella aquella misma tarde, y no tuvo valor para volver a enrollarlo. Lo dejó tal como estaba, con sus propias palabras por fuera, todavía frescas, y lo apretó contra el anterior para que cupieran los dos.
Calentó el betún en una olla, sobre las brasas. El olor llenó la casa, espeso, a mar Muerto. Selló la tapa con una capa gruesa y cuidadosa, y la dejó correr por el cuello de la vasija como cera derretida.
Después cogió un clavo.
Grabó el nombre en la arcilla ya cocida, rascando con fuerza, deprisa, con la lengua entre los dientes. Las letras le salieron torcidas. Un perro ladró en la calle y ella se quedó quieta, con el clavo en el aire, hasta que el perro se calló. Terminó la última letra. Sopló el polvo.
No tenía miedo de morir. Tenía miedo de que, cuando ella muriera, alguien entrara en aquella casa, encontrara los rollos y los quemara, porque decían cosas que ya no se podían decir.
Bajó la vasija al hueco. Colocó la losa. Echó tierra por encima, extendió la estera y se sentó sobre ella, a oscuras, hasta que se apagó la lámpara.
Alguien más vendría. No sabía cuándo. Él lo había escrito en la primera línea, hacía muchos años, cuando todavía no sabía su nombre.
A ti, que vendrás después.

